Antigua, Real e Ilustre Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús Descendido de la Cruz en el Misterio de su Sagrada Mortaja y María Santísima de la Piedad
HERMANDAD DE LA SAGRADA MORTAJA
INSIGNIAS

LA CRUZ DE GUIA

Corre la Cuaresma de 1928. En Santa Marina, un año más, se preparan los enseres para la anual Estación de Penitencia. Sin embargo, aquel año, la antigua Cruz de Guía de madera dorada hubo de quedarse sin gozar de la luz de la tarde del Viernes Santo. Donada a la Hermandad por un hermano benefactor de principios del siglo XIX, sustituyó en su momento a la antigua manguilla que hasta aquellas calendas había encabezado por regla general no sólo nuestro cortejo procesional, sino el del resto de hermandades de penitencia sevillanas.

Fruto de una búsqueda de autenticidad en lo que era el procesionar de nuestra Hermandad en la calle, la nueva Cruz de Guía, obra de Salvador Domínguez Gordillo se inspira en los modelos de Cruz alzada, en concreto en una cruz procesional propiedad de la Pastora de Santa Marina, con la salvedad del cambio de terminación; mientras la de la corporación pastoreña se caracterizaba por sus espejitos y tallados dorados, la nueva Cruz de Guía tiñe sus maderas de oscuro y se complementa con enagüillas de paño morado para darle así una fúnebre prestancia. Por cierto que Salvador Domínguez ha dejado otra original Cruz de Guía fruto de su talla en nuestra Semana Santa, en concreto nos referimos a la de la Hermandad de la Lanzada, de gusto goticista muy acorde con la estética de aquella Cofradía.

Con el paso de los años, la Cruz se verá acompañada por cuatro faroles acristalados en azul e iluminados con cera tiniebla, dos que son portados con asa por los hermanos servidores que de librea acompañan a la Cruz y otra pareja, de diferente hechura y con vara barnizada, estrenados en 1943, que para la ocasión son llevados por dos hermanos nazarenos. Tanto unos como otros son obra del taller de Juan Fernández.

Ni que decir tiene que desde estas fechas no se concibe a nuestra Cruz sin la presencia, delante de ella, de nuestro Muñidor, aunque hay que recordar que también se ha visto acompañada por música de capilla (los popularmente conocidos “pitos”).

Para finalizar, cuando tras la misa de cualquier día entréis en el coro bajo podréis ver colgada en una de sus paredes la antigua Cruz de Guía, testigo mudo de una época pasada y recuerdo de una Historia, la de nuestra Hermandad, que siempre hemos de tener presente.














EL SENATUS

Don José Bermejo y Carballo, tenido desde siempre como uno de los grandes eruditos en materia cofrade del siglo XIX, nos hablaba de esta insignia en su libro “Glorias Religiosas de Sevilla” (1882) en relación a que fue “adoptada en memoria de las que llevaban las tropas romanas que acompañaron a nuestro Redentor camino del Calvario y asistieron a la sangrienta escena del Gólgota; su uso es bastante antiguo en las procesiones de Semana Santa”, y no le falta razón al insigne cofrade de las Siete Palabras, ya que en el Archivo de nuestra Hermandad, por ejemplo, ya hay alusiones al Senatus en los Libros de Actas del XVIII.

Sin embargo, y dejando a un lado las curiosas y de todos conocidas versiones del significado popular de las cuatro letras (SPQR) que figuran en este tipo de insignias (desde “Sardinas Picantes Que Rabian” hasta “San Pedro Quiere Rosquillas”, pasando por la no menos ingeniosa “Se Prohíbe Quitar Relojes”), no será hasta el año 1949 cuando se estrene nuestro actual Senatus, sustituyendo a uno de escaso interés artístico que aún puede contemplarse en rancias fotografías de nuestro Altar de Insignias y que consistía en una simple tabla forrada de terciopelo con las cuatro siglas de rigor.

El encargo, como no podía ser menos, recayó en el orfebre Juan Fernández, quien ejecutó la obra por un precio redondo de 5.000 pesetas de las de entonces, más las 560 pesetas que costó el cordón dorado con borlas de pasamanería y fleco de bellota, siendo el conjunto costeado por los Hermanos Consiliarios Sebastián Sousa Peña y Carlos Escudero Verdún y por el entonces Diputado Mayor de Gobierno José Romero Chaves.

Mide en total dos metros y sesenta centímetros y cuenta en su parte superior con una cartela en forma de tarja, de metal repujado y plateado, decorada con motivos barrocos, en la que constan, en metal dorado, las consabidas letras que abrevian la expresión Senatus Populusque Romanus (El Senado y el Pueblo de Roma), más arriba figura un medallón circular en el que aparece el perfil de un soldador romano con sus carnes de marfil y tocado con el característico yelmo plateado, rematando el conjunto un águila imperial posada sobre una corona de laurel trenzado, todo ello realizado también en metal plateado y repujado.

Como es norma habitual en los cortejos penitenciales sevillanos, excepción hechas de algunas hermandades que carecen de Senatus y cuyos nombres dejaremos que descubra el lector, esta romana insignia figura encabezando el segundo tramo, acompañada por cuatro varas portadas por otros tantos hermanos nazarenos.


BANDERA NEGRA

Es esta insignia la tercera en el orden de nuestro cortejo procesional y quizá la menos conocida frente a la calidad del resto; el origen de esta Bandera dentro de las estaciones penitenciales hay que buscarlo en el ritual catedralicio, concretamente en la ceremonia llamada “de la seña” la cual se celebraba durante la Semana Santa. Al igual que en la Antigüedad se agitaban las banderas y estandartes en señal de duelo por el fallecimiento de algún jefe o caudillo, un canónigo era el encargado de hacer lo propio con una enseña de tela negra con una cruz, como símbolo de duelo y consternación por la muerte del nuestro Redentor.

No es de extrañar que tal bandera pasara de las naves catedralicias a las procesiones pasionales, con lo que se vería un caso más de cómo la liturgia oficial sirvió como referente a manifestaciones populares. En nuestra Hermandad se tiene constancia de que ya a comienzos de este siglo procesionaba una bandera, pero era de regular (por no decir nula) calidad, excepción hecha del escudo bordado en su interior y que actualmente, tras ser “encontrado” en un conocido taller de bordados, se ha colocado en una atrilera morada usada para los cultos diarios cuando sea preciso ese color. Así las cosas, allá por los años sesenta la entonces gente joven de la Hermandad promoviera una cuestación para sacar dinero con el que financiar la realización de una nueva que sustituyera a la anterior.

Gracias a la deferencia de nuestro hermano Joaquín Martín Mogrera, conservamos la “Relación nominal de donantes voluntarios para la confección de una bandera negra con el escudo bordado de la Hermandad y una cruz parroquial para la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Descendido de la Cruz en el Misterio de su Sagrada Mortaja y María Santísima de la Piedad”, que reproducimos junto a estas líneas y que puede darnos idea del entusiasmo de los donantes, algunos de los cuales ya no se encuentran entre nosotros, mientras otros ocupan incluso cargos de responsabilidad en la Hermandad.

Centrándonos en la insignia en sí, diremos que consta, aparte del paño, de una vara repujada en metal plateado y un asta con forma de punta de lanza con el escudo corporativo en su centro, obras ambas del taller de Hijos de Juan Fernández. El Viernes Santo se acompaña de cuatro varas portadas por otros tantos nazarenos y encabeza el tercer tramo. Desde su renovación se ha convertido en una especie de Bandera de la Juventud ya que siempre ha sido algún joven, normalmente de los más vinculados a la vida de la Hermandad, el encargado de portarla, aunque no se lleve al hombro como la podemos ver durante los días que anteceden a nuestra estación de penitencia, siendo llevada enhiesta y recogido su paño en señal de duelo.


BANDERA ASUNCIONISTA

Dentro de nuestro cortejo procesional, encabezando el cuarto tramo, formado en la actualidad por los hermanos y hermanas penitentes, figura esta Bandera cuyo origen es el de conmemorar el Dogma de la Asunción de la Santísima Virgen en cuerpo y alma a los Cielos, Dogma proclamado por la Santa Sede en la persona del Santo Padre Pío XII en el año 1954, aunque en nuestra Ciudad, y en septiembre de 1903 la Hermandad de la Divina Pastora de Santa Marina hizo voto de defender dicho Dogma, durante una solemne Función a su titular, haciendo lo propio nuestra Corporación, que se hallaba representada en aquel acontecimiento por su Junta de Gobierno.

Bordada en oro sobre rico tisú de plata (de ahí que coloquialmente sea llamada “Bandera Blanca) por las Hermanas Martín Cruz en el año 1953 (un año antes de la proclamación dogmática), su dibujo consta de una cenefa que sigue el diseño juanmanuelino de los ropajes del Misterio en el Paso, figurando en su parte frontal la leyenda “Regina in coelum Assumpta” que traducido del latín vendría a ser algo así como “Reina subida al Cielo”. En la otra cara del paño aparece el escudo de la Hermandad bordado en seda y colores así como la fecha de la promulgación del mencionado Dogma. Como complemento, la bandera sale a la calle portada en su correspondiente asta y vara, de metal plateado y repujado en el querido taller de Juan Fernández, quien en ese mismo año ejecutó el juego de varas que la acompañan en la tarde del Viernes Santo, aunque es justo decir que es usada durante la Protestación de Fe de nuestra Función Principal de Instituto.

Decíamos en el antetítulo que se trata de una insignia viajera porque en 1954 fue llevada a Roma por el entonces Secretario de la Hermandad Antonio Migens López (quien después ocuparía cargos de responsabilidad en la Mayordomía y será Hermano Mayor durante ocho años, para fallecer en septiembre del año 2000 ocupando el puesto de Consiliario Primero, tras más cincuenta años de pertenencia ininterrumpida a la Junta de Gobierno de la Hermandad) el cual relataba aquella peregrinación en compañía de otros cofrades de hermandades tan señeras como la Trinidad, la Amargura o las Cigarreras, los cuales portaban también sus insignias marianas, de lo cual quedó completa crónica en los libros de actas de la época y en una entrevista publicada en esta Revista en Enero de 1995. Testigo de aquella Peregrinación es la Medalla conmemorativa acuñada para la ocasión y que figura prendida en la parte alta del cordón que cuelga del asta de la bandera.


SINELABE

Cerrandoel quinto tramo, suele ir acompañado por cuatro varas y es la última de las insignias marianas de nuestro cortejo procesional del Viernes Santo.

Bordado en 1868, su coste fue de 2.745 reales de la época (al menos así aparece reflejado en los Libros de Cuentas) de ahí que sea una de las insignias más antiguas. Consta de una vara de metal repujado y plateado rematada por una cruz, de la que cuelga, a manera de pendón, un paño de terciopelo azul, terminado en su extremo inferior en dos lóbulos con borlas de pasamanería. El bordado en oro se expresa a base de un dibujo ligero y sinuoso con roleos, muy similar al de otros Sinelabes de la misma fecha. En su centro, y corriendo en horizontal para que pueda ser leído al llevarse tumbado sobre el hombro, aparece la leyenda “Sinelabe Concepta” (Sin Pecado Concebida). Curiosamente es una insignia con una fuerte impronta de rancia y clásica antigüedad, no en vano la llevan casi todas las cofradías del Jueves y Viernes Santo.

Por circunstancias que desconocemos, (¿Peso excesivo? ¿Falta de hermanos dispuestos a llevarlo?) dejó de procesionar a comienzos del siglo XX, sobreviviendo al traslado desde Santa Marina a la Iglesia de la Paz, quedando oculto y plegado sobre sí mismo en uno de los cajones de la sacristía alta, ignorado salvo por unos pocos que sabían de su existencia. Pasados los años, en 1991 se decide llevarlo para su restauración al taller del recientemente fallecido bordador José Guillermo Carrasquilla Perea sito en la calle San Luis, donde se habían realizado diferentes trabajos de restauración para nuestra Hermandad. Los orfebres Hijos de Juan Fernández restauraron la antigua cruz de remate (que se conservaba) y realizaron la vara y las perillas, aquella con un repujado sinuoso y decimonónico y restauraron el asta e incluso hubo de encargarse un cordón de oro. El Viernes Santo de aquel año, tras un olvido de décadas, el Sinelabe pudo por fin gozar de la tibia luz del atardecer y de la oscuridad de la noche por la calle Doña María Coronel y a buen seguro que en su fuero interno, echaría de menos calles y esquinas cercanas a Santa Marina.


EL SIMPECADO

Tras la Bandera Asuncionista, la segunda insignia en el cortejo procesional dedicada a la Virgen la constituye este Simpecado, aunque en lo referente a su nombre quizá debamos aclarar que no se trate de un auténtico Simpecado, pues según el Diccionario de la Real Academia Española, para que lo sea ha de portar el lema “Sine labe concepta” (Sin Pecado Concebida) que alude al Dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Pese a todo este problemilla léxico-gráfico, en nuestra Hermandad siempre se le ha llamado así por su inequívoca forma y aspecto.
Bordado en oro sobre terciopelo negro por el taller de Esperanza Elena Caro en el año 1962, fue donación de un benemérito hermano, de ahí que en el Archivo de la Hermandad tengamos referencias en cuanto a su coste, pero lo que sí ha llegado por tradición oral es que su traza se inspira en un antiguo Simpecado de la Hermandad del Rosario del Salvador, de ahí que su diseño y estampa tengan una solera inconfundible aún cuando no tenga tantos años como parece.
Básicamente el bordado, de estilo barroco consta de una cenefa con ornamentación de hojas de acanto y adornos florales más un medallón central en el que figura una pintura al óleo obra de nuestro hermano Francisco Maireles y que reproduce a la primitiva imagen fundacional de la Virgen de la Piedad con su Hijo muerto en los brazos con peana, potencias, corona y ráfaga de plata. Todas estas piezas de orfebrería, así como el asta, que mide tres metros y veinte centímetros, son obra del taller de Juan Fernández en metal repujado y plateado, rematando el conjunto una cruz en la que figura el escudo de la Hermandad.
En sus primeros años fue acompañado por dos antiguas varas de la época de Santa Marina, hasta que el mismo taller que hemos aludido ejecutó los dos faroles de metal plateado y repujado, casualmente los mismos que, previamente desmontados, figuran en las esquinas de la peana sobre la que figura la Virgen de la Piedad en su anual Besamanos del Domingo de Pasión.
Como curiosidad, hemos de añadir para finalizar que casi desde su estreno, salvo breves períodos de tiempo, esta insignia ha sido portada por miembros de la familia Reina, y que pese a su aspecto aparentemente liviano en comparación con otras insignias de similares características, necesita ser llevada con un correaje, sobre todo pensando si el Viernes Santo sopla el viento con demasiada fuerza.




EL LIBRO DE REGLAS

Hubo un tiempo en que las cofradías se echaban a la calle en Semana Santa y aunque parezca increíble en nuestros días, no hacían públicos sus itinerarios ni tampoco eran controladas por un omnipresente Consejo de Hermandades, ni hacía falta movilizar a las fuerza del orden o a Protección Civil, entre otras cosas porque aquellas eran escasas y la otra no existía. De manera que supongan ustedes que por el extremo de una estrecha calleja del centro de la ciudad avanza un cortejo penitencial y por el extremo contrario otro hace lo propio. Lo que hoy sería algo curioso y hasta anecdótico en aquellas calendas podía convertirse en una cuestión de honor e incluso llegar la sangre al río, no en balde se acuñó la expresión “terminar a farolazos” en alusión a las muestras de “cariño” que podían llegar a mostrarse entre hermandades en circunstancias tales.

Pues bien, en determinados casos el problema se solucionaba pacíficamente mostrando cada corporación su correspondiente Libro de Reglas en el que el Arzobispo o Cardenal de turno autorizaba y concedía antigüedad, de manera que las Reglas venían a ser la Tarjeta de Identidad y en caso de disputa servía como recurso, aunque no inapelable, ya que de pleitos por un quítame allá esas pajas están llenos los libros de Historia de las hermandades sevillanas.

Definido el origen del Libro que nos ocupa, hemos de decir que el nuestro propiamente no es tal, pues se trata de un estuche o caja con unas medidas de treinta por veinte centímetros y forma de libro, eso sí, que guarda en su interior un ejemplar de las Reglas de la Hermandad. Realizado en plata repujada, y estrenado en 1948 con un costo de 2.750 pesetas, ostenta en una de sus caras un medallón cuidadosamente trabajado en el que figura el escudo corporativo, mientras que en sus cuatro esquinas, al igual que sucede en la otra cara, aparecen cantoneras con profusa decoración y atributos de la Pasión del Señor (esponja, lanza, paño de la Verónica, etc.); en la otra cara figura la iconografía de la Piedad bellamente tratada en detalles como los pliegues del manto, figurando en las cantoneras de las esquinas símbolos alusivos a la Letanía del Rosario. Como curiosidad, decir que no es este el Libro que se coloca en la Mesa de la Junta de Gobierno ni se usa para los diversos Juramentos y Protestación de fe, ya que para estos menesteres la Hermandad dispone de otro ejemplar, encuadernado en terciopelo morado y que sí es un auténtico Libro de Reglas.

Como no podía ser menos, fue Juan Fernández el autor de esta obra y fue el propio autor quien la portó el año de su estreno, quedando vinculada su familia a ella, ya que desde entonces casi siempre ha sido un Fernández el portador del Libro de Reglas.


EL ESTANDARTE

La Regla 3 de nuestro estatutos dice textualmente: “Representará a la Hermandad en todos los actos a los que como tal asista. Consistirá en una bandera de color negro, recogida en su asta, ostentando sobre la misma, bordado en sus colores el escudo de la Hermandad”. Como definición es bastante acertada, dejando a un lado la clásica definición de “Bacalao” que casi ha caído en desuso en el mundillo cofradiero, de no ser por defensores de la sevillanía como Antonio Burgos, pero para buscar el origen de la insignia debemos sin duda remontarnos a las antiguas banderas de los diferentes gremios, germen o fermento de no pocas hermandades, de las que tenemos referencias en antiguas relaciones sobre el Corpus Christi en nuestra Ciudad. Las cofradías, muchas de ellas, herederas de los gremios, mantuvieron sus estandartes, al principio distinguiéndose unas de otras por el color de la tela o de las cruces bordadas (un estandarte casi fosilizado es la bandera de la Coronación que posee la Hermandad del Valle y que saca a la calle cada Jueves Santo).

El hecho de que la bandera fuera recogida se debiera quizás a una señal de luto por la muerte de nuestro Redentor, pero el caso es que desde el siglo XIX el estandarte corporativo ha mantenido sus formas hasta nuestros días, en que sus formas se hayan recargado con exceso de bordados según la idiosincrasia de cada Hermandad. Lo que sí es cierto es que como es de ley, en nuestro caso preside todos los cultos al lado de la Mesa de la Junta de Gobierno y que el Viernes Santo figura como última insignia, acompañado por cuatro varas y cerrando el séptimo y último tramo.

En una antigua litografía de 1885 se puede apreciar con claridad cómo el estandarte ya es casi igual que el actual, por no decir el mismo debido a diversas restauraciones, una de ellas en los años veinte cuando parece que Juan Manuel Rodríguez Ojeda borda un nuevo escudo, otra a finales de los cuarenta o principios de los cincuenta (en la que se cambió el primitivo color morado de la tela por el negro actual) y la última en 1984, cuando en el taller de Carrasquilla se pasó a nuevo terciopelo y la cordonería Alba se encargó de realizar un nuevo cordón y borlas combinando hilos de oro y negros de seda. Como dato curioso, el antiguo escudo del estandarte es el que previamente resanado en el mismo taller bordador figura en el faldón frontal de nuestro Paso procesional.

Técnicamente, hemos de añadir que pese a que en algún momento fue reducido de tamaño por no caber en las nuevas dependencias, mide alrededor de tres metros y cuarenta centímetros, siendo uno de los más esbeltos, lo que motivó que cuando la vecina Hermandad de Santa Lucía decidiera hace unos años realizar un nuevo estandarte copiara casi literalmente sus medidas. Tanto la cruz como la vara de plata repujadas son obra de Juan Fernández fechables en 1943.







LAS VARAS

El origen de esta insignia es muy antiguo, ya que parece ser que arranca de las originarias cofradías gremiales y su significado era el de símbolo de autoridad, cosa parecida por ejemplo a las llamadas “varas de alguacil” o bastones que portaban aquellos miembros del cabildo municipal, es más, en algunas reglas de hermandades se les llama “bastones” aunque luego el nombre más común, el que ha llegado hasta nosotros, sea el ya conocido de vara.

Suele constar de un tubo que puede ser de madera barnizada o metal repujado o liso, dividido por nudetes, que va rematado en su parte superior por un escudo la Hermandad (llamado coloquialmente “galleta”), mientras que en su parte inferior o “regatón” se coloca normalmente una contera de goma que evite que suene al golpear en el suelo. Aunque en principio eran sólo llevadas por oficiales de la Junta de Gobierno, lo cierto es que ahora acompañan a casi todas las insignias de la Cofradía e incluso en su talla “mini” son portadas por no pocos niños que han tenido a la varita como compañera en sus `primeras estaciones de penitencia.

En nuestra Hermandad encontramos referencias sobre las varas y su forma en un acta de cabildo de 1764, en la que se estipula cuántas y quienes debían portarlas el Viernes Santo. En 1930 Amando López Gabaldón realiza un juego de varas lisas con el escudo, pensamos que estas varas serían las que el 18 de Julio de 1936 nos contaba un antiguo Hermano que había visto en manos de gentes del barrio de Santa Marina tras el saqueo e incendio de la parroquia. El 7 de abril de 1935 se le entregó al ya entonces Hermano Mayor Guillermo Serra Pickman la vara correspondiente a su cargo, obra de Juan Fernández y que sí es la que actualmente se conserva, con la curiosidad de que le fue entregada en un estuche desmontada al contar con una rosca interior que permite dividirla en dos. El dibujo de su tubo, con profusión de adornos vegetales y roleos, es el que se ha seguido para la confección del resto del Juego de Varas.

Ya con la Hermandad en la Iglesia de la Paz en 1944 se estrenan las varas de Presidencia por un montante de 8.400 pesetas, realizadas por Juan Fernández siguiendo el modelo de la del Hermano Mayor (miden 1.70 cm.) y en número de siete, a saber: cuatro en metal plateado y repujado y las correspondientes al Mayordomo (totalmente dorada, pero más pequeña al medir 1.50 cm) Teniente Hermano Mayor (con escudo y nudetes dorados) y Primer Consiliario (sólo con la “galleta” dorada siendo el resto plateado)

En 1953 se estrenaron las veinticuatro varas de acompañamiento de insignias ejecutadas por nuestro inolvidable Juan Fernández por el precio de 4.250 pesetas, midiendo 1.63 cm siendo de metal plateado y repujado. De estas fechas debe ser también la vara del Diputado mayor de Gobierno, realizada por el mismo orfebre con tubo de madera barnizada y escudo y contera dorados, así como con un tamaño menor, adecuado a las funciones de tal cargo en la calle. En 1989, los Hijos de Juan Fernández restauran una antigua vara de Diputado y la platean para convertirla en la que porta el Viernes Santo el Auxiliar del Diputado Mayor.

Para finalizar, decir que en 1999 se estrenaron cuatro varas para la ante presidencia cuya originalidad consiste en que en la “galleta” figura una hermosa reproducción de la Primitiva Virgen de la Piedad y sus tubos están decorados con motivos vegetales en espiral al estilo de modelos del siglo XVIII. Estas varas, donación de un hermano, son de metal plateado y han sido realizadas en el taller de Hijos de Juan Fernández.




LAS BOCINAS

Antiguo y tradicional es el origen de esta insignia, muy característica en los cortejos procesionales de la Semana Santa hispalense. Los diversos autores y eruditos que han dedicado su tiempo a estos temas parecen estar de acuerdo en que al comienzo de las estaciones de penitencia, durante los siglos XVI y XVII, se utilizaron las llamadas “trompetas de dolor” que además de tener un eco lastimero por la Pasión de Nuestro Señor, servían en la práctica para ordenar con sus toques las paradas de la procesión en la calle. Con el paso de los siglos las bocinas se “fosilizaron” quedando como elementos decorativos aunque en otros lugares de la geografía española perviven con su uso primitivo como es el caso de la Hermandad de los Californios en Cartagena (Murcia) que saca a la calle una bocina de tamaño gigantesco portada sobre ruedas.

Por lo que respecta a nuestra Hermandad, la primera referencia sobre las Bocinas la encontramos en las cuentas correspondientes a 1866, en las que podemos leer textualmente: “Asimismo, por los señores Don Manuel Fajardo y Don Manuel Balbuena se han costeado para la Hermandad dos bocinas a 360 reales”. La fecha coincide con una etapa de resurgimiento y bien podría tratarse de las bocinas que aparecen reflejadas en el grabado de M. Grima datable en 1886. Siguiendo con la pequeña Historia de estas insignias, decir que en 1906 se estrenan otras dos con sus paños bordado en oro con el escudo de la Hermandad en sedas de colores, al parecer por Juan Manuel Rodríguez Ojeda, aunque sobre esto último carezcamos de referencias documentales.

Finalmente, ya en 1945 se estrenan los cuatro tubos (que miden cada uno un metro y cinco centímetros) repujados con motivos vegetales por nuestro inolvidable Juan Fernández y que costaron 5000 pesetas de la época, más las 1500 que cobraron los Hijos de E. Rodríguez por el pasado de los escudos bordados. Sin embargo, y como curiosidad, hemos de decir que a esas 6500 pesetas habría que restar las 425 que se sacaron por la venta de los antiguos tubos a otra Hermanad cuyo nombre desconocemos. Como reliquia de tiempos pasados han llegado hasta nosotros dos cajones de madera con la cruz y las escaleras talladas que sirvieron en su tiempo para guardar dos bocinas y que cualquier lector interesado encontrará colgadas sobre el interior de las puertas de la Secretaría y Mayordomía.

Por último, resta añadir que actualmente ocupan su lugar tras el estandarte y por delante de la antepresidencia, aunque durante muchos años figuraron dos pegadas al Paso y dos ante la Cruz de Guía.









LOS CIRIALES

La Cruz Parroquial gira en una esquina cualquiera. Puede que alguien, ignorante de nuestras características como Cofradía en la calle haga el típico comentario:

-... dos, cuatro, seis, doce ¡dieciocho! –para luego volverse y preguntar- ¿Y eso por qué?

Los ciriales como elemento en la liturgia católica occidental derivan de los candeleros con velas usadas en el ceremonial por los ceriferarios o acólitos encargados de portarlas con el fin de proporcionar luz a los actos de culto. Así, el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española los define como “candeleros altos” y no es de extrañar que con el paso de los años se transformaran en su forma hasta convertirse en lo que son hoy día, con su vara o vástago y su remate para portar la cera. Ejemplos bastante antiguos los tenemos, sin irnos muy lejos, en templos hispalenses como la misma Catedral, la parroquia de San Bernardo y otros (con ejemplares de los siglos XVI y XVII estudiados ejemplarmente por la profesora María Jesús Sanz).

Ni que decir tiene que dadas sus características eminentemente litúrgicas acompañan iluminando tanto al Santísimo Sacramento (procesiones claustrales, de impedidos o del Corpus) a los Evangelios (a la hora de su lectura como en nuestra Función Principal) a la Cruz (caso de las cruces parroquiales) o a imágenes devocionales, siempre con la estricta misión de iluminar por las calles; piénsese que en épocas pretéritas el alumbrado público era nulo o escaso, de ahí la importancia que desde siempre se le ha dado a la cera en nuestras hermandades, máxime cuando nunca ha sido un bien barato.

Del siglo pasado han llegado hasta nuestra Hermandad dos ciriales de Santa Marina, de labrado liso y pequeño tamaño, conocidos familiarmente en la Priostía como “las escobas”. Eran portados en el recorrido anual del Viernes Santo por niños traídos del cercano Hospicio de San Luis, niños que muchas veces dado lo intempestivo de la hora eran sacados de la procesión mucho antes de llegar la Cofradía a la calle San Luis de recogida, como recordaban hermanos antiguos.

Con la llegada al Convento de la Paz la Hermandad, en proceso de renovación, decide hacer lo propio, haciendo unos más acordes con el cortejo procesional. Será en principio Landa el encargado de hacerlos, pero con su marcha a Jerez de la Frontera toma el relevo Juan Fernández Gómez. En las partidas de Mayordomía se pueden observar los diversos pagos.

El primer recibo tiene fecha de 31 de octubre de 1939 (“Año de la Victoria dice en su fecha) y está firmado por Emilio Landa (que por entonces tenía su taller en la calle Lope de Vega 2) quien afirma recibir la cantidad de mil pesetas a cuenta de los dieciocho ciriales que estaban confeccionando para la Hermandad. Los recibos se suceden hasta marzo de 1940 con el nombre del mencionado orfebre, pero al parecer éste se traslada a Jerez de la Frontera recurriendo la Hermandad a Juan Fernández con quien se inicia una fructífera relación que dura hasta nuestros días. De tal manera, los pagos se reinician con regularidad hasta el último recibo, en el que el orfebre cobra la última cantidad de 6.600 pesetas el 17 de mayo de 1942. En total, y a tenor de la documentación del archivo de Mayordomía, los ciriales costaron a las arcas de la Hermandad la nada entonces desdeñable cantidad de 32.900 pesetas.

Como podemos comprobar la obra pasó por vicisitudes diversas y duró unos años, con lo que quizá fuera ese año de 1942 el del estreno de los ciriales ya que no se ve reflejado dicha novedad en las actas de cabildo de la época. De metal plateado y repujado, miden 2,20 metros y ahora, en su nueva disposición en el recién estrenado coro bajo, podemos apreciar que están ejecutados por parejas en el dibujo de los vástagos o varas, un detalle que denota gran originalidad a la hora de realizar una obra que bien podría haberse resuelto de manera rutinaria y hasta repetitiva; detalle de buen gusto muy característico de alguien discípulo aventajado del gran Cayetano González. Las cabezas o remates están decorados con cabezas infantiles y felinas, mientras que cuatro elegantes “eses” soportan la cazoleta donde se coloca el codal o vela.

Todo esto está muy bien –dirá algún lector o lectora- Pero, ¿por qué dieciocho? ¿desde cuando? Tal como apreció Carlos J. Romero, el uso de los dieciocho ciriales ya se documenta en el año 1765 cuando en el folio 115 del Libro de Actas podemos leer: “Y habiéndose hecho presente por algunos de los hermanos el desorden con que el año pasado de 64 habían ido los monaguillos que llevan los ciriales heran (sic) de sentir que se quitasen estos de la estación, y habiéndose tratado largamente sobre el asunto, y dudándose que origen tendría esta tan dilatada Antigüedad se acordó se siguiese poniendo todo cuidado en remediar los desórdenes asta mirar con más tiempo el origen de esta antigüedad”. O sea, que ya en pleno siglo XVIII nuestros antepasados cofrades desconocían los motivos del número de ciriales.

Vayamos por partes. Al carecer de apoyos documentales hasta ahora hemos de contestar a la pregunta inicial que desde siempre se ha transmitido la bonita tradición de que fueron precisamente dieciocho las luces que alumbraron el entierro de Cristo tras su crucifixión, leyenda que no tiene reflejo en los Evangelios. Otra versión circulante alude a la relación secular de nuestra Hermandad con el gremio de escribanos, y el hecho de que en un principio, tras la reconquista parece que hubo inicialmente dieciocho oficios o escribanías en nuestra ciudad para posteriormente pasar a veinticuatro. Ambas teorías son eso, teorías, y hemos de decir que al día de hoy en la Hermandad se carece de datos. Sentimos no poder satisfacer la curiosidad de muchos, pero es indudable que los dieciocho ciriales constituyen una de las señas de identidad de nuestra Corporación cuando en la noche del Viernes Santo se convierten en heraldos de luz para el Paso de nuestros Titulares.





ALTAR DE INSIGNIAS